-El vacío no está para ser
llenado, sino para recordarnos que incluso en la nada, seguimos existiendo- C.B
Hay un silencio en el vacío existencial que no siempre es ausencia, sino
un eco infinito que me recuerda lo poco que controlamos nuestra propia vida. Es
un hueco en el alma donde las preguntas arden más que las respuestas, y donde
uno se enfrenta a la desnudez de existir sin certezas. La soledad en ese
vacío no es simplemente la falta de compañía, sino la conciencia radical de que
nadie puede habitar en nuestra propia piel. Nadie puede sentir exactamente lo
que sentimos, ni cargar del mismo modo con la herida interior. Esa separación
nos coloca en un territorio oscuro, donde el alma se interroga a sí misma. El
dolor profundo de la tristeza nace de esa grieta: la incapacidad de llenar con
palabras o afectos el abismo que late adentro. Es un dolor que no siempre
grita, a veces se desliza en silencio, se disfraza de cansancio, o se derrama
en lágrimas que apenas logran alivio.
Y, sin embargo, en medio de ese dolor, hay una paradoja: el vacío no
solo destruye, también revela. Al dejar expuesta la fragilidad, nos muestra que
seguimos siendo humanos, que seguimos sintiendo. El mismo abismo que asusta,
también recuerda que estamos vivos, aunque sea en la intemperie de nuestra
tristeza. Quizá el desafío no sea llenar el vacío, ni arrancar la soledad de
raíz, sino aprender a habitarla. Hacer de ese dolor un territorio donde la
sensibilidad no sea un castigo, sino una prueba de que, incluso en la oscuridad
más densa, aún arde una chispa de existencia.

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