Me siento derrotada, ya no soy propietaria de mi destino, construyo ilusiones en plena soledad, aceptando mi derrumbe inevitable en el acercamiento hacia los otros. Ese otro que destruye, intimida, que apenas pueda disparará el gatillo de la discordia y cuya humanidad no soporto; esa herida que me queda frente al mundo, exige sanarse de algún modo y de donde surge una culpa que reclama su remisión.
Me veo reemplazando el amor y el cariño dentro de un juego sutil y delicado, allí me desarmaré disimulando mi tragedia, allí donde hay algo de astrológico, que, pudiendo hacerlo, no impedirá mi caída. Es de algún modo una forma de caer con una artillería de silencios, insomnios, espejos, dudas y lamentos.
Dicha desolación me quemará con su acido humor las entrañas, las manos, los ojos, la garganta, el corazón. Y si bien sé que nadie traerá caricias ni respuestas, por ley postergaré dicha necesidad de sentimientos, y eso es lo más trágico, pues ninguna pena es mortal, ninguna agonía es definitivamente la última.
La vida es un espejo de nitidez despiadada, es un baúl de disfraces, no somos lo que somos y eso espanta (ya lo expresaba Kafka). La vida es un espejo deforme, hasta para suicidarse es necesario tener esperanza, en que con la muerte se acabará el sufrimiento…todo esto me tortura, estas y otras tantas cosas que se entremezclan, se fusionan, se agitan dentro de mi torpe cabeza impidiéndome escribir lógicamente.
Me rindo ante los poetas que escriben desde la alegría, me he saturado de realidad olvidando que lo verdaderamente importante es la ilusión, abrir las puertas a la belleza y a la inocencia. Lo importante, al fin y al cabo, es dar las gracias por esta vida que hoy me resulta inmerecida por lo abyecta.


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