A veces mi tristeza se desborda
—no cabe en mí— y entonces invento presencias, pequeñas criaturas de aire, para
engañar al hueco que me habita. Repito mantras como quien ensaya una
autosuficiencia imposible, como si bastara decir “no necesito a nadie” para
borrar el temblor. Pero en lo hondo —donde no llega la voz— sé que hay dolores
que no aprenden a curarse en otras manos.
Y, sin embargo, últimamente
pienso en Dios. No como certeza, sino como un susurro que regresa. Cuando nadie
pudo sostenerme, algo —alguien— veló mi rostro, como si la noche tuviera
piedad, y recogió en silencio lo que de mí se quebraba. Tal vez Dios sea eso:
una llama mínima, obstinada, que insiste en arder cuando todo parece
extinguirse; un calor secreto que no pregunta, que no exige, que apenas
permanece. Y en esa permanencia —casi invisible— sigo, todavía, viva.
Julie Paola Lizcano Roa.
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por leerme :)