Son las 3:15 de la madrugada.
Una lágrima cae de mi rostro
impío de dolor, y empiezo a dudar de mi capacidad de adaptación cuando la
muerte se asoma a la puerta de mi habitación. La observo como quien intenta
comprender lo incomprensible: cómo masticarla, cómo digerirla, cómo hacer de su
presencia algo que no aniquile del todo esta pobre existencia. Porque incluso
en ella se insinúa una paradoja: la posibilidad de seguir existiendo después
del fin.
La noche continúa, y lo único
que sostiene mi vida es esto —sin querer, estoy sintiendo—. En algún rincón de
mi alma, en algún pliegue del cuerpo, ese “algo” insiste: no soy un ser
frívolo. Y entonces debo soltar esas metas rígidas que mis pensamientos han
impuesto en los últimos meses: el suicidio o la locura. Hay en mí una
resistencia mínima, casi imperceptible, pero viva.
Me pregunto si es necesario el
caos para que nazca algo nuevo. No lo sé. Dentro de mí, todo parece arrasado:
solo queda una sensación de vacío, mis lágrimas y yo suspendidas en un infierno
vasto que ya ni siquiera arde, sino que se derrumba en silencio. Las miradas
que rodean este cuerpo inerte no alcanzan a tocarme; existo apenas entre la
fugacidad y la impermanencia.
Y, sin embargo, hay algo que sé
con claridad: no quiero desaferrarme de mí. Soy ángel y demonio; tiempo y
distancia; contradicción y complejidad; fuerza y debilidad; palabra y silencio.
Soy, también, la nada que se agita en estas lágrimas. Y en ellas —en su trazo—
quiero dejar un registro, un intento de inmortalizar esta condición humana que
me atraviesa, para algún día poder sostenerla sin derrumbarme bajo su peso.
Quisiera encontrar un espacio
donde esta melancolía no me culpe, podría probar algún ritual secreto o una
práctica mágica que me ayude a salir de mí misma, desplazarme por el éter y
encarnar en otros, tomar su cuerpo por asalto y vivir otras vidas…sin esta
conciencia que me consume.
Pero regreso. Y lo que soy
permanece: un rompecabezas que no termina de armarse, una melancolía que se
expande, un territorio donde los mapas se dibujan y se deshacen sin cesar.
Julie Paola Lizcano Roa.


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