Navego
entre mi propia soledad mientras se agotan los libros que leo sin pausa, ajena
al cansancio y al llanto. En una página escribo, con blancura, para velar este
tedio; desolada por crueles esperanzas… De mi espalda baja una gota de sudor
cuyo fastidio me vuelve febril y nerviosa.
Siento entonces la ruptura entre lo real y lo
irreal, como disonancias embriagadas de ayuno, cuyas canciones dormitan bajo el
sopor de un aire artificial. Sólo esta nada, dócil y confidente, de mejillas
conturbadas, hará desvanecer mis sueños ante mi mirada ciega, vana y monótona.
Deseo sostener mi mundo, pero no sé si estoy
viva o muerta… De pronto siento que todo el mundo me ve: la gente habla sin cesar, y lo
único que percibo es el dolor de un mundo que sé que ni siquiera con la mejor
técnica del Kintsukoroi podría repararse. Tiemblo por dentro; quisiera gritar,
pero una tristeza de bejuco se enreda en mi alma sangrienta, amarga de llanto.
Julie Paola Lizcano Roa.
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